jueves, 12 de diciembre de 2013

Corazón a la carta

Se dice que antiguamente entre los pasillos perdidos del olvido se escondía un pequeño restaurante ante los ojos de todos pero invisible a la vista de la mayoría, solo algunos privilegiado podían encontrarlo y aún más escasos eran aquellos que podían probar algún plato de los allí preparados

Una tarde cualquiera, como ayer u hoy, un joven perdido sin intención de encontrarlo tropezó con aquel lugar, su aspecto aunque común y corriente llamó su atención y aun sin hambre entro presa de un deseo de acercarse a primera vista sin explicación, justificación ni mayor sentido.

El interior era pequeño, un simple salón redondo en cuyas paredes habían mas ventanas que ladrillos pero que sin embargo se iluminaba por una luz no proveniente del exterior ni de luz artificial, simplemente la luz perfecta, cálida tranquila que no encandila ni fuerza la vista sino que por el contrario da la perfecta comodidad. Al centro del salón se encontraba una única mesa también redonda, el joven impresionado por el lugar que pese a no ser ostentoso poseía un atractivo singular, se acercó a la mesa, se sentó en una de las sillas y cerró los ojos para escuchar la música de un clavecín que invadía el ambiente, una melodía capaz de describir con sonidos aquellas cosas que las palabras son incapaces de expresar.

-          Bienvenido al “Alma” ¿Qué le puedo ofrecer? -  preguntó un mesero, aparentemente materializado en el aire en cuyo uniforme se leía con letras doradas su nombre, Wert.
-          Sírvame lo mejor que tenga – respondió el joven sorprendido por la intromisión, cautivado por el ambiente, fascinado por la maravilla he intentado simplemente no romper la magia.

El chef escuchó la petición y en un instante preparo el majar más preciado sin dudarlo ni una vez, puso el corazón en el plato y lo sirvió con la mejor presentación, aun así  pese a los cubiertos de plata y el plato pulcro sigue siendo el mismo corazón de siempre, con las heridas, cicatrices y marcas de una vida corriendo riesgos, el mismo espíritu que se había quebrado y reconstruido tantas veces que inevitablemente compartía una apariencia similar a la creación del Doctor Víctor F, y así lo sirvió como lo único que puedo poner en la mesa ante semejante petición, rezando en su interior porque no lo devolviesen a la cocina y abandonasen el salón.

Wert puso la comida sobre la mesa con una sonrisa en los labios ocultado su nerviosismo y temor, el joven comensal por su parte mira el plato sorprendido, lo examina, lo rosa, eligiendo la mejor zona, entonces con mano decidida le corta un trozo para probarlo, lo saborea y lo degusta incluso parece disfrutarlo, incluso parece apreciarlo. Un brillo de esperanza se posa en los ojos del mesero entonces el joven traga con dificultad y vuelve a mirar su comida cambiando completamente el semblante en su rostro, algo en el carmín latiente no le satisface, demasiadas marcas, demasiadas heridas, demasiado desagradable a la vista.

-          ¿Cómo pueden servirme algo en este estado?- le pregunta a Wert con evidente enfado - esto esta incomible, nadie podría tragarlo – agrego con la frialdad de la inconciencia en su voz.
El pobre mesero se desvive en escusas que parecen insuficientes, finalmente cansado de las quejas, cociente que nada de lo que diga podrá calmar a su comensal,  escapa llamando al cocinero, esto simplemente escapaba a su juridiccion.

Al instante el chef principal, el único en este humilde lugar cruza la puerta que separa la cocina del pequeño salón con su inmaculado traje blanco, con los brazos cruzados y la sombra de las heridas en su mirada. Camina recto sin que ninguno de sus músculos demuestre el menor titubeo y se acerca al comensal, quien no tardo ni un minuto en explicar agresivamente su parecer, reclamando forma, color y estado de su plato, sin la menor alteración el chef toma los cubiertos, y gira el corazón plagado de cicatrices, un poco de sangre aún caliente escapa del vacío que produjo el joven al saborear la carne.

-          Este es el plato más valioso de la carta, sin aderezos que oculten su sabor original, sin acompañamientos que amortigüen el paladar, simplemente carne bien preparada sin grasa ni aceite que le puedan dañar, inofensiva y desprotegida ante usted - exclamó el cocinero mirando su obra con dolor.
-          No es suficiente para mi, no es lo que quiero -  respondió el comensal.

No se necesitaron más palabras, el chef se inclinó para recoger el plato al tiempo que su propio pecho abandonaba la blancura y se manchaba con el brillo rubí, levantó su obra y se voltio sin mirar atrás, en la oscuridad de la cocina donde siempre había pertenecido tomó la carne con sus manos y con una fiel aguja que guardaba siempre en su bolsillo empezó a cocer la nueva herida con toda la pericia que le permitían sus temblorosas manos, una nueva marca, un nuevo desprecio, otro simple día en su vida, abrió su delantal e introdujo cuidadosamente el corazón en el enorme hueco en su pecho, los tejidos se unieron reconociéndose y las lágrimas volvieron a brotar por sus ojos manifestando patentemente que al presentar el corazón siempre existe el riesgo del dolo, pero no puede acabar así, se puso de pie y volvió a prender la estufa, “hay que seguir viviendo, o al menos sobreviviendo” se recordó a si mismo mientras se lavaba las manos y se ponía a trabajar.


El salón por su parte se oscurecido de un segundo a otro al desparecer el brillo del cocinero y en un pestañeo todo despareció, el joven incapaz de comprender lo que había vivido regresó a buscar el “Alma” muchas veces pero nunca volvió a dar con él, finalmente se convenció de que era un sueño, nadie en su sano juicio hubiera servido su propio corazón. Simplemente no podía ser real por lo que cada tarde al pasar frente al espacio que debía llenar el local, se tomaba un par de segundos en pesar, “fue una alucinación un poco de leyenda, nada más”.



domingo, 20 de octubre de 2013

Paciencia

No todas las palabras están dichas
Ni todos los destinos están sellados
No todas las historias están escritas
Ni todo pasado es olvidado


Aún vivo un sueño del que no he despertado
Si miraras en mis ojos lo que buscas en mis manos
Notarias que aun espero que te sientes a mi lado

No todos los caminos fueron recorridos
Ni todas las puertas se encuentran abiertas
No todos los recuerdos son amados
Nadie escucha las palabras sueltas

Aun te hablo en las miradas que no fueron encontradas
Si dijera lo que escribo o escucharas lo que canto
Rompería en un sonido todo silencio pasado


No toda distancia es eterna
Ni todo tiempo es recorrible
No toda caricia es tangible
Ni toda sonrisa es un llamado


Aun espero que recuerdes que me encuentro aquí esperando
Si palparas en mi pecho los latidos provocados por tus manos
Notarias que te extraño mucho más de lo pensado.




miércoles, 9 de octubre de 2013

Números Primos

Los reflejos rojizos del atardecer irrumpen por la ventana cautelosos como temerosos de molestar a los habitantes inexistentes de la habitación,  apoderándose del viejo sombrero de vaquero que cuelga solitario en el respaldo de la silla que encabeza la mesa. Es tarde pero todo está intacto, antes de que termine el día todo luce exactamente igual que en su inicio.

Aquel día  Alberto se levantó temprano, cuando el sol recién empezaba a saludar el día, pero la habitación era oscura pues no hay ventanas en el lado este de su departamento, se calzo las botas y se vistió de convicción antes de ponerse el sombrero, era el día esperado, la dichosa prueba de fuego, el plazo se cumplía y el punto de no retorno se burlaba de él con cada minuto que transcurría.
Como un autómata repitió en su mente la frase que su padre con tanto ahínco le había inculcado en sus años de infancia
 
“Lo único que no tiene solución es la muerte, nadie es irremplazable, todo lo material se recupera, nadie te asegura nada o te adaptas para seguir viviendo o mueres en el intento”
Cerró la puerta como cada dia y caminó las acostumbradas dos cuadras en línea recta, atravesó el parque y se sentó en la última banca de la izquierda, hoy no tenía trabajo había pedido el día libre y tenía en el borrador de su carta de renuncia en su correo electrónico, escrita con meses de anticipación como resguardo ante la posibilidad que su mente se esforzaba por no conciderar. Era un martes extraño le costaba creer que se cumplían tres años finalmente, hoy Lucia volvería, al menos así lo había prometido, una promesa al aire que él bajo su parada de hombre desinteresado se había tomado personal y sin decirlo a nadie comenzó a esperarla, aplazó sus planes tanto de emigrar a Irlanda, como de regresar a su patria, usando escusas baratas que sus amigos disimulaban creer, pero no hay plazo que no se cumpla ni cuneta que no se pague, después de hoy nada volvería a ser igual.

El día avanzo sereno, sin prisa ni apuro pero cada minuto le confirmaba a Alberto su realidad, estaba perdiendo el tiempo.
Cuatro en punto, el momento exacto en que todo terminaba, se levantó de su asiento y miro hacia ambos lados esperanzado, un perro callejero con el pelaje revuelto y la lengua afuera lo saludo con entusiasmo a la distancia, pero el joven no fue capaz de devolverle la sonrisa. No había ni la sobra de aquella que esperaba, lamentándose y gastado sus últimas esperanzas  decidió esperar un poco más, deambulo por los alrededores encendiendo un cigarro, un hábito que había adquirido para amansar la espera de las cosas que terminan por no llegar, lo consumió lentamente y se sentó sin dejar que el dolor se reflejara en su cuerpo.

Finalmente el día termina, el sombrero de vaquero volvió a su lugar en un arrebato de resignación, Alberto miro la fotografía que había sido su luz de alegría durante los últimos 36 meses, en la imagen vivía el sueño que sabía una fantasía y disfrutaba esa alegría que con certeza le fue prestada, hoy era el final “adaptarse o morir” la vida debía continuar. Guardo su ropa mecánicamente en su maleta procurado llevarse solo lo necesario, no quería más recuerdos, bastante tenía con los que deambulaban por su mente, ya mandaría a alguien por lo demás si llegaba a hacerle falta.

Dio una última mirada a su morada y se dispuso a tomar su sombrero para marchar, pero se detuvo un instante antes de que sus dedos tocaran la tela, tenía que sacarla de su cabeza y ese era un regalo con el que ya no era capaz de cargar “adaptarse o morir” se repetía una y otra vez, aferrándose a las palabras para no desmoronarse.

Dejo el sombrero colgado en el respaldo de la silla como siempre hacia, dejo el departamento ordenado, pues detestaba regresar cansado y tener que ordenar aunque esta vez no regresaría, dejo la fotografía y todo lo demás intacto, presa de la oscuridad que finalmente se apodera de todo, cerró la puerta y camino con paso firme procurando no mirar atrás.

Cerca de la media noche sin aviso y sin espera cuando el calor ha desparecido de las paredes una perdida mano golpea la puerta sin respuesta, es demasiado tarde para seguir esperando, demasiado tarde incluso para las esperanzas.