Cada
día que pasa la niebla escarcha mas mi ventana y el paisaje se cubre más de
hielo, quizás nunca debí salir de las sombras. Londres, mi ciudad natal, la
misma ciudad que he amado desde que tengo uso de razón, nunca me pareció tan fría
como después de conocer Brasil.
Era
una excursión de estudios lo recuerdo bien, pasear por la selva, conocer al
sol, visualizar la fauna y disfrutar la flora, quien hubiera dicho que pensaríamos
lo mismo. En especial porque a pesar de tener una relación con mi carrera y
tener cierto gusto por la naturaleza, esa expedición era del todo innecesaria
para mi, y que decir para ti, nunca tuve muy claro que hacías ahí, nunca tuve
muy claro que hacía yo contigo.
Los
días pasaron y con cada brillo de sol fuiste apartando la bruma de mi pecho, aun recuerdo
como solia tener el control, quizás después de todo creas que nunca lo perdí,
pero lo cierto es que me duro muy poco, menos que el aleteo de una mariposa
moteada, menos que la sonrisa en tus labios.
Nuestra
vida fue una rosa, florecimos en la adversidad sin ayuda de casi nadie,
brillamos, disfrutamos, embriagamos con nuestro aroma a quien pasaba por
nuestro lado. Yo siempre lo supe, aunque me negara a aceptarlo, por eso desde
un comienzo elegí la rosa, para mi vida, para la tuya, para la nuestra. Cual necio
riegue, coseche y trasplante intentando mantener lo inmantenible. Tal como una
rosa los pétalos cayeron lentamente esparciéndose por el piso, no sobrevivimos
ese invierno.
Tras
tantos sueños, simplemente tome mi maleta y por propia voluntad volví a Londres,
al frio, a la lluvia, a la oscuridad. No diré que no extraño el calor del sol,
seria mentir descaradamente, pero tampoco me arrepiento de haberme llevado las
hojas secas en mi bolsillo, dejándote la tierra fértil para volver a plantar.
De
vez en cuando escucho de ti, aun tomas el sol y sonríes junto a nuevas flores
expandiendo un jardín mucho mas amplio de lo que yo jamás me sentí capaz de
ofrecerte. Entonces vuelvo a alzar la vista y ver el hielo en mi ventana bajo
un cielo gris, y me permito preguntarme ¿de qué sirve derretir la escarcha de
las ventanas si nuevamente se volverán a congelar?
Me
pongo de pie, toco el cristal con la punta de los dedos esperando que el frio
invada mi cuerpo, pero mi piel esta a la misma temperatura. Precavido,
reservado, protegido tras la imagen de aventurero y conocedor me respondo a mismo, pues a
nadie cargaría con tal duda. Derretimos el hielo en las ventanas para poder ver
el mundo mas allá de las murallas, independiente de que tan lejos lleguemos en
los caminos o de la veces que regresemos. Después de todo no es tan terrible volver
a casa, a diferencia de haber caído en la nieve sin levantarse, al retornar,
siempre está la posibilidad, aunque sea lejana y aunque sea bajo la lluvia, de
volver salir.

