Recobrando las fuerzas, dirigiéndose al nuevo destino, el
joven desarmado levanta su semblante, los miembros le duelen, la sangre se
desliza por el borde de su rostro. La sombra de un arma le devuelve la vista
robada por el sol y una mano celestial le invita a sonreír ante el paraíso. Cae
al piso tras ponerse de pie evidenciando los muñones de sus piernas cercenadas.
Lamentablemente sigo vivo…
